Le pedí a mi LLM que escribiera para el suyo

Tuve que comentar el merge de un PR. Pensé que la persona que recibiría mi comentario no lo entendería y que acabaría pidiéndole a su LLM que se lo explicase. Así que le dije al mío: «Escríbelo para que su LLM lo entienda».
No le pedí que lo escribiera para ella. Esa frase me sigue dando pena.
Al principio pensé que había sido empático. Me había puesto en su lugar: si va a necesitar ayuda para entender el comentario, al menos que su herramienta pueda trabajar con lo que le llegue. Pero hay algo bastante arrogante en esa supuesta empatía. Yo ya había decidido que esa persona no iba a entenderme. Ni siquiera probé a escribirle sin pensar en su LLM.
Quizá sí podía entenderlo. Quizá el que no sabía explicarse era yo. Tampoco sé si acabó usando un LLM. Solo sé que yo escribí pensando en uno.
Entonces, ¿con quién estaba empatizando? ¿Con el humano al que intentaba ayudar o con la máquina a la que preparé el mensaje? Si empatizar es ponerse en el lugar del otro, ¿qué lugar ocupa ahí un LLM? Puedo imaginar qué información le vendrá bien para responder. Eso se parece mucho a diseñar una interfaz. Me cuesta saber si también se puede llamar empatía.
Me vino a la cabeza ese psicokiller de película que aprende qué frase tiene que decir para parecer empático. Puede acertar con las palabras sin sentir nada por la persona que tiene delante. No estoy comparando a nadie con un asesino. Lo inquietante es la pregunta que deja esa imagen: si uno aprende a producir la respuesta que el otro necesita, ¿eso basta para decir que ha empatizado?
Y yo sí sentía algo. Me importaba que el comentario llegase. Pero también me ahorré el esfuerzo de hablarle directamente a esa persona. La empatía, que se supone que debería ayudarnos a comunicarnos mejor entre humanos, en mi cabeza acabó pasando por dos LLM. Uno real, el mío. El otro, un compañero imaginario que yo había colocado al lado de alguien sin preguntarle.
Cuando creamos agentes hacemos eso a menudo: imaginamos al compañero que va a entender nuestras instrucciones, nuestro contexto, incluso lo que no hemos sabido decir. Luego confundimos lo que nosotros esperamos de él con lo que realmente le hemos dado. Esta vez imaginé también el del otro.
Sigo sin saber si mi comentario habría sido mejor si lo hubiese escrito para un humano. Tal vez la versión preparada para su LLM le habría ayudado más. Lo triste es que esa posibilidad me pareció tan obvia que ni siquiera probé la otra.
¿Estaba siendo empático con él o estaba ensayando cómo parecerlo ante una máquina?
Estas son mis opiniones personales, no las de mi empleador. Ya me he equivocado antes – no dudéis en decirme que me equivoco otra vez.